Mi historia como voluntario

¡De aquí soy!

Héctor Magallón

Julio 2015

Nací en la Ciudad de México hace 40 años. Estudié en una escuela fundada por refugiados de la guerra civil española que lucharon para establecer una república democrática en España, a principios del siglo pasado. A pesar de que fueron derrotados, llegaron a México en la década de 1930 para vivir su sueño y criar y educar a sus hijos en los valores en los que ellos creían: la justicia, la libertad, la democracia, la igualdad de oportunidades. Esos fueron los valores con los que me crie.

Como muchos niños de los años 80, crecí viendo documentales sobre naturaleza que tenían más o menos la misma estructura: primero mostraban un hermoso lugar en alguna región remota del planeta para después enseñar cómo estaba siendo destruido por la acción de los seres humanos. Mi sensación después de ver estos documentales era de impotencia, de desolación. ¿Qué podemos hacer?

Pero un día vi un documental diferente que me dejó con una sensación completamente distinta. Tenía más o menos la misma estructura que los otros, pero terminaba mostrando imágenes de unos locos activistas que escalaban barcos para evitar que vertieran residuos tóxicos en el mar o  se ponían entre la ballena y el arpón para impedir que las mataran. Cuando los vi pensé: esta gente sí hace algo, no sólo hablan, actúan, y así es como podemos detener la destrucción de nuestro planeta. Esos locos eran, por supuesto, los activistas de Greenpeace.

Yo tenía 14 años cuando vi estas imágenes y justo después de verlas me decidí a escribir una carta a Greenpeace para preguntar cómo podía unirme. Sin embargo, tuve que esperar mucho tiempo porque Greenpeace no llegó a México sino hasta que yo ya estaba estudiando biología, por ahí de 1993.

Tan pronto como me enteré que Greenpeace tenía una oficina en México me uní como voluntario. Tuve la suerte de hacerlo a tiempo para participar en lo que fue la primera acción directa de Greenpeace en México: le pusimos unos tanques de oxígeno a la Diana Cazadora (símbolo de la ciudad) para protestar por la contaminación atmosférica en el Distrito Federal.

A partir de ese momento, quedé enganchado. Pero hay un momento que recuerdo en particular. Estaba trabajando como voluntario en uno de los barcos que la organización tenía en ese entonces, el Moby Dick. Estábamos navegando en el Golfo de México, limpiando la cubierta una tarde, cuando me di cuenta: este es mi lugar, aquí es donde pertenezco.

Es por eso que daba de saltos unos años después cuando me contrataron como recepcionista en Greenpeace México. Me quedé casi un año en esa posición y luego me contrataron como campañista junior de la campaña de ingeniería genética (más saltos). Después de eso me contrataron para dirigir la campaña de bosques hasta que, hace tres años, empecé a dirigir el departamento de movilización, puesto en el que sigo y que es el mejor trabajo que he tenido hasta ahora.

Estoy seguro que, así como unos “locos” en la televisión me inspiraron a actuar para defender el medio ambiente, todos los que “locos” que actúan en Greenwire pueden inspirar a mucha más gente. Esa es la única oportunidad que tenemos para salvar el planeta.